Se trata de un edificio ubicado en Toledo (Ohio) a través del que los arquitectos japoneses a quienes se les encomendó el proyecto homenajean el pasado y la historia de la propia ciudad, al sector que la enriqueció. El valor cultural del edificio debe ser, sobre todo para los allí residentes, muy alto. También lo es desde el punto de vista estético, pues no sólo logran la fusión con todo aquello que le rodea, sino que también rompe con cualquier otra construcción vecina al mismo. Ciertamente, debe captar la atención de quienes circulan por sus proximidades, pues el edificio en cuestión destaca por su envolvente toda ella acristalada, totalmente diferente a las construcciones vecinas, las cuales son comunes las unas a las otras. Además, su ubicación en medio de una zona verde capta la atención del viandante, pues alrededor de la misma, además de viviendas particulares y algún que otro edificio público, la mayor parte está ocupada por aparcamientos.

Pero existen muchos otros puntos de vista en los que el ciudadano de a pie no repara, como bien puede ser la misma estructura del edificio. Y es aquí donde entra Mies Van Der Rohe. Las referencias a este gran arquitecto saltan a la vista, empezando por la búsqueda dela esbeltez, de lo liviano. De las muchas virtudes con las que ha sido dotado el Glass Pavilion, en este sentido cabe destacar la planeidad y la simplicidad propias de la obra de Mark Rothko quien busca expresar de forma simple una idea compleja, la obra del cual vive y respira como él mismo afirmó en una ocasión, o la fusión de espacios de James Turrell, lo cual consiguen mediante el empleo del vidrio a lo largo y ancho de todo el edificio. Se trata de unas características que son fácilmente relacionables con la obra de Mies, con el Pabellón de Barcelona y esa búsqueda de la liviandad, o con la casa Farnsworth, la cual fue dotada de una soberbia esbeltez (casualmente empleando la misma fórmula que SANAA en el Pabellón de Vidrio). El arquitecto alemán, al igual que el artista letón, busca en su obra alcanzar lo sublime, intenta acercarla a lo eterno y lo infinito. Por su parte, Turrell, aunque quizá no lo haya hecho conscientemente, también bebe de la obra de Mies, pues juega con lo perceptible, en su obra pretende confundir al espectador mediante juegos de luz los cuales se encargan de provocar esa fusión entre un espacio y otro, entre el exterior y el interior, pretendiendo confundir a aquel que la contempla para que no sepa dónde se produce esa separación. Como queda reflejado, el aspecto visual juega un papel fundamental en el trabajo de todos estos magníficos artistas y es que han conseguido, por un lado, captar la esencia de la luz y ponerla bajo sus órdenes y por otro, hacer que lo difícil parezca fácil, resulte sencillo a los ojos del espectador.
Pero aún a pesar de todo ello, la obra en la que mejor puede reflejarse esa herencia de ese gran genio de la arquitectura es el Pabellón de la Seda (Berlín, 1927), en donde las formas pueden llegar a confundirse si se entremezclan imágenes de ambos edificios. Si bien es cierto que existen variaciones en cuanto al punto de partida, también queda patente que las plantas están basadas en una retícula de formas rectangulares que ha evolucionado en busca de una organización espacial donde los diferentes ámbitos en el caso del Pabellón de Vidrio se encierran en el interior de recintos circulares.

SANAA (y ya no sólo en este edificio), al igual que hiciese Mies Van Der Rohe, busca, mediante la creación y evolución de un proceso reticular, generar y explotar, potenciar los diferentes espacios, los cuales, en el caso concretodel Glass Pavilion, gracias al empleo del vidrio, se retiran y fluctúan en una actividad continua (citando a Colin Rowe). Pero quizá cabría preguntarse si esa transparencia forma parte de la idea primigenia o si es consecuencia (tal vez imposición moral) de la pregunta a qué responde el edificio. En cualquier caso, los arquitectos japoneses consiguen, aún a pesar de las diferentes divisiones del espacio (necesarias para la distribución de las diversas “estancias”) jugar con la percepción visual del espectador, hacer de la transparencia la parte más importante del edificio, así como también convertirse en el leitmotiv de la propia obra.
La simplicidad de la que está dotada el edificio puede llevar a pensar que el proceso de desarrollo de la idea, así como el propio proceso constructivo ha sido algo sencillo, lo cuales algo inequívoco, hasta que consiguen dar con la forma deseada, que puede verse favorecida (quizá enalgunos momentos perjudicada) por la ligereza de la estructura. En este punto podría citarse la casa de Fin de Semana de Ryue Nishizawa, donde tanto el proceso constructivo como la evolución de las ideas siguen las mismas pautas que el Pabellón de Vidrio.

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