Powered By Blogger

miércoles, 20 de abril de 2011

LA LLEGADA FUTURA AL PRESENTE DE UNA CIUDAD DEL PASADO

Recientemente se ha inaugurado en Santiago de Compostela una fase de la Ciudad de la Cultura proyectada por el arquitecto norteamericano Peter Eisenman. Este conjunto arquitectónico no es simplemente un conjunto de edificios ubicados uno al lado del otro, sin mas relación que la que puedan tener por haber sido diseñados por el mismo arquitecto, pues se trata, más bien, de la plasmación de todo el ideario sociocultural adquirido por Eisenman a lo largo de su vida. Y en ese ideario puede ocupar un lugar más que relevante el Land art, potenciado por Robert Smithson. ¿Y por qué? Ante todo por el significado ambiental de la obra. Al igual que pasó en su momento con la Spiral Jetty, ahora, la Ciudad de la Cultura emerge del propio paisaje para modificarlo, para alterarlo en un presente que desde ese mismo momento se va a convertir en atemporal, en eterno. La modificación ha pasado por cortar literalmente el pico de la montaña donde se ubica el proyecto para generar diversos pliegues en el propio terreno, los cuales recuerdan a una obra realizada en 2002 por el artista Richard Long que, aunque sea aún contemporáneo a nuestros días, se le ha relacionado directamente con el Land art, pues los orígenes de su obra se remontan a la década de los 60. La magnitud de la intervención es tal que, como bien refleja Smithson cuando utiliza el ejemplo del niño que corre en círculos sobre una caja con una mitad de arena blanca y la otra de arena negra, el paisaje nunca volverá a recuperar su estado natural anterior a la llegada de Eisenman. Así, este enorme monumento se convierte en ese entropizador dueño del tiempo e incluso de la historia que todavía está por acontecer.

En segundo lugar, la Ciudad de la Cultura podría ser considerada como un gran agujero, un vacío monumental que define, aunque no lo pretenda (en palabras del propio Smithson) los vestigios de la memoria de un juego de futuros abandonado. Y lo define de dos formas diferentes pero complementarias. La primera (el orden es totalmente irrelevante, pues son coincidentes en el tiempo) podría ser la histórica, la pasada. A buen seguro que el edificio despertará la curiosidad de quienes lo contemplen, entre otras cosas, por su estructura, la cual, a su vez, y como si de un juego en cadena se tratase, llevara al curioso a intentar averiguar el por qué de sus formas y acabará leyendo que evocan a la ciudad medieval de Santiago de Compostela, que es un reflejo de ese pasado en el que la ciudad empezó a tomar forma. Es esta misma forma la que nos da pie a empezar a hablar de la segunda definición, la cual podríamos adjetivar como la futura, hablando de un futuro muy próximo. En el periodo de tiempo que nos separa de dicho futuro, la Ciudad de la Cultura tiene que aprender a relacionarse con la naturaleza. Y el lector se preguntará cómo un edificio puede relacionarse con el entorno. Este edificio o, mejor dicho, este conjunto de edificios, estos monumentos, si los incluimos dentro de la cada vez más extensa obra perteneciente al Land art, surge con sus formas, con nuevos materiales para el lugar buscando forma parte del mismo de forma permanente, y si en algún momento se decide hacerlo desaparecer, los vestigios que de él queden, pasaran a ser elementos del paisaje, siempre de forma permanente. Un ejemplo muy claro, si nos remitimos a la historia arquitectónica de la humanidad, podrían ser las construcciones erigidas por los mayas, donde tras ser abandonadas, la densa selva las engulló haciéndolas formar parte de sí misma, o las líneas de Nazca las cuales fueron realizadas por los habitantes de aquel desierto para indicar las trayectorias de los caudales subterráneos de los cursos de agua que por allí transitaban, dando origen a una serie de líneas que en diferentes ocasiones han sido vergonzosamente adjudicadas a extraterrestres y que si dejamos de lado su verdadera historia, también podrían ser incluidas dentro del Land art. Volviendo al origen de todo este desarrollo, el factor que provoca que ambas definiciones, siendo contradictorias temporalmente, puedan ser coetáneas lo encontramos en el propio discurso de Peter Eisenman cuando defiende que la Ciudad de la Cultura ni es vieja ni se hará vieja con rapidez. El entropizador es el dueño del tiempo y por ese motivo, este monumento nunca envejecerá.

Para finalizar, es interesante, así como también necesario, volver a hablar, incidir de forma más profunda, en el terreno y en los materiales. Quizá esta vinculación territorial sea el mejor ejemplo para encontrar esa relación de este conjunto de monumentos con el Land Art. La intervención en el monte Gaiás es necesaria para allanar un terreno en el que iba a nacer la obra cumbre de Eisenman. De ese terreno guillotinado surge, como si de la germinación de una semilla se tratara, cada uno de los seis edificios que componen el conjunto, y como el propio arquitecto americano indicó en una entrevista a El País, no son los edificios quienes mueven el terreno, pero sí es cierto que el paisaje se está trasladando a ellos. En este caso y con estas palabras, queda patente la relación del edificio con el entorno y sobre todo su vinculación al estilo artístico que centra este texto. En cuanto a los materiales, busca utilizar en la medida de lo posible, elementos autóctonos, aunque también, necesariamente, emplea materiales nuevos que son los principales causantes de la entropía, pues ellos serán quienes llegaran a mezclarse con los elementos originarios del lugar para cambiar el paisaje, para alterarlo para el resto de los tiempos.

Si el término entropía puede ser asociado a este monumento como se ha pretendido demostrar en este texto, también podría ser interesante intentar personificarlo y seguramente el mejor ejemplo para ello podría ser el de Holden Caulfield, aquel joven protagonista de El guardián entre el centeno de J. D. Salinger, una de las novelas más destacadas del siglo XX. El joven Caulfield es un rebelde, inadaptado e inmaduro pero perspicaz muchacho con las ideas muy claras, que mete la pata en más de una ocasión pero que tiene una tremenda capacidad de adaptación a cualquier situación que se torne insostenible. Lo que para algunos podría ser escandaloso, para él no es más que una alteración del sistema de la que no hay más remedio que sobreponerse. Esto mismo es lo que pensaba Robert Smithson de todo aquello que se vertía en la naturaleza como bien refleja en su viaje a Passaic. Así, Holden Caulfield no sólo sería la humanización del término entropía, sino que ademas también seria la personificación del Land art y una nueva pieza en esa Ciudad de la Cultura de Peter Eisenman que consiguió escapar al tiempo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario