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domingo, 22 de mayo de 2011

UN PASEO ARQUITECTÓNICO DE CAMBRIDGE A PORTO ALEGRE

La fundación que recoge la obra del artista brasileño Iberê Camargo fue diseñada por unos de los más relevantes arquitectos de nuestro tiempo, el portugués Álvaro Siza. El conjunto de su obra podría caracterizarse por estar dotada de un fuerte carácter escultórico en donde la luz juega, aparentemente, un papel protagonista. Pero en el edificio que centra nuestra atención podemos encontrar algo más; algo que le dota de cierto valor histórico-arquitectónico.

Evidentemente, nos encontramos ante un edificio que bien podría llevar consigo el adjetivo de escultural, pues al verlo uno tiene la misma impresión que cuando recuerda la historia de cómo Miguel Ángel, al ver determinado bloque de mármol, decidió apartarlo del resto para trabajar sobre él en una escultura que buscaría reflejar al David bíblico, pues da la sensación de que el arquitecto portugués,
igual que el gran hombre del Renacimiento, cogió un bloque de mármol blanco y empezó a tallarlo hasta conseguir la forma deseada, la forma que a día de hoy tiene este edificio. Pero volviendo a ese añadido del que está dotada esta Fundación Iberê Camargo con respecto al resto de obras de Siza, sería interesante hablar de Le Corbusier. De nuevo uno de los impulsores del Movimiento Moderno aparece reflejado en una obra actual. ¿Y de qué manera sucede en esta ocasión? La respuesta es sencilla: La promenade architecturale, ese paseo en donde la distancia, el ángulo y la altura, entre otras variables, ayudan al visitante a considerar el edificio en cuestión, ese recorrido ideado por el arquitecto para que la arquitectura entre en relación con el individuo. Aunque en la Fundación Iberê Camargo, Álvaro Siza reinterpreta el concepto de la promenade architecturale que Le Corbusier aplicó en la casa La Roche o en el Carpenter Center de la Universidad de Harvard, donde las rampas constituyen la narración de la articulación espacial interior, y lo hace ubicando las rampas en el exterior de la fachada del edificio, de tal modo que consigue que éstas generen el recorrido (que también será aplicable a la colección expuesta). La importancia de las rampas es tan importante como en el proyecto de Cambridge de Le Corbusier, más si cabe, si se tiene en cuenta que al estar ubicadas ahora en un museo no sólo ayudan al individuo sino también a la obra. Así, dan forma al espacio público en los distintos niveles del edificio. Quizá la forma del proyecto es clave para poder haber llegado a algo así, pues esa simbiosis con el paisaje al abrirse a él (respetando en la mayor medida posible el entorno), generando estos itinerarios exteriores no hubiera sido posible en otros lugares donde el clima puede llegar a ser más agresivo

El interior del edificio tampoco pasa desapercibido. Como el propio Siza afirmó en una entrevista, el espacio central desde el que se puede visualizar no sólo las entrañas de la escultural obra, sino también los recorridos generados allí, busca reflejar la topografía característica del entorno, pretende provocar esa fusión con la naturaleza circundante. De esa forma consigue contrastar, reubicarse en el momento actual, con respecto a la promenade architecturale lecorbusierana.

Resulta difícil no querer imaginarse cuáles hubieran sido las impresiones que se hubiese llevado Le Corbusier si hubiera podido visitar el edificio Iberê Camargo. Probablemente hubiese anotado la importancia de la luz, de cómo ésta incide rotundamente en los muros de hormigón iluminándolos y creando penumbras en las zonas más recogidas (como en su descripción del paseo arquitectónico de la Villa La Roche). Asimismo, tendría en cuenta la importancia de los huecos, de las perspectivas que éstos abren hacia el exterior, donde, al igual que en la Villa La Roche se reencuentra con esa unidad arquitectónica, o, en este caso, natural-arquitectónica. A partir de estos momentos, los apuntes del arquitecto suizo introducirían nuevos conceptos con respecto a su desarrollada promenade architecturale. El primero podría ser ese paseo que trabaja a modo de envolvente para con el edificio y que no sólo lo recoge, sino que también lo abre al entorno. Pero no sólo eso, sino que consigue relacionarlo directamente con él, respetando esa estratigrafía, haciéndolo surgir de la montaña como si de ese ya nombrado bloque de mármol blanco se tratara y lo esculpe dándole la forma de la orografía del terreno próximo al mismo.

Como el propio Le Corbusier ya lograra en el Carpenter Center rompiendo con la geometría ortogonal vecina, Álvaro Siza también lo hace generando una arquitectura particular y diferente a cualquier construcción próxima. Y es que es probable que, aunque existan las anteriormente nombradas pero novedosas diferencias de la promenade architecturale, el proceso seguido por ambos arquitectos fuese prácticamente el mismo. Los dos reconocieron el terreno y buscaron adaptar en él el edificio. Los dos partieron de otras disciplinas artísticas y fueron aproximándose a la arquitectura (Le Corbusier contaba haber encontrado la solución al escribir un poema y Siza bucea en la escultura para buscar la misma respuesta) y los dos cuentan con un recorrido, cuanto menos, interesante, uno en forma de “S” y otro en círculos rodeando la envolvente del edificio, los cuales son los encargados de dar origen a esa promenade architecturale que en principio les hacía entrar en contacto (entre otras muchas cosas).

Pero como queda aquí patente, no es sólo este paseo el punto de conexión entre uno y otro edificio, sino que al seguir un mismo desarrollo, podría considerarse que se trata de un mismo proyecto que ha adquirido una diferente forma la cual ha venido impuesta por el lugar. Quién sabe si el Carpenter Center hubiera guardado un destacable parecido con el Iberê Camargo de haber sido construido en Porto Alegre, o si el museo de Siza se hubiese parecido al espacio dedicado a las artes visuales de la Universidad de Harvard de Le Corbusier si se hubiera levantado en Cambridge…

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